Eutanasia y vida

Eutanasia y vida
23 Febrero, 2018 mvidal

Antonio Hualde, junto a su amigo Alfonso.

Términos como “eutanasia”, “muerte digna” y algunos similares se manejan a veces con cierta ligereza. No debería ser así. Conviene que cada uno reflexione acerca de una cuestión, nunca mejor dicho, vital. Alejandro Amenábar lo abordó en “Mar adentro”, que cuenta la vida y posterior suicidio asistido de José Luis Sampedro, tetrapléjico tras caer al mar y golpearse con una roca.

Posteriormente el propio Amenábar manifestaría que lo que intentaba plasmar no era sino un caso concreto, sin apenas relación con el resto. Lo cierto es que su película incitaba a tirar la toalla. De ella se desprende el mensaje de que no vale la pena luchar, y que ante una dificultad, lo cómodo es optar por la vía rápida.

La existencia de cada uno es algo personalísimo, el ámbito último de privacidad. Para los que creemos que la vida es un regalo de Dios no es aceptable el suicidio, por penosas que sean las circunstancias concurrentes. Dicho lo cual, añadiré que a nadie nos corresponde juzgar a nuestros semejantes, y eso ya es un principio ético universal, fuera de toda consideración religiosa. Quien pone fin a su vida no lo hace a la ligera. Arrostrar una decisión semejante ha de venir forzosamente precedido de poderosas motivaciones, más o menos erradas. Y nadie es quien para entrar ahí.

“Siempre tenía reservada una cálida sonrisa para los que iban a verle, y su sola presencia irradiaba vitalidad. La suya”


Algo tan sensible exige discreción y cuidado en grado sumo, ya sea en el debate público / político o en el estrictamente personal. Como ya he dicho antes, quien decide poner fin a su vida lo hace abocado por penosas circunstancias personales. Me resisto a pontificar en un asunto tan espinoso, aunque sí me atreveré a sugerir qué no debería hacerse: renunciar a la esperanza.

Desconozco si mi amigo Alfonso vio “Mar Adentro”; creo que no. Ni falta que le hizo. Alfonso vivía postrado en su cama, sin apenas poder moverse ni hablar desde hacía años. No se rindió. Su familia tampoco. Con más de un noventa por ciento de minusvalía, Alfonso sabía sacar lo mejor de quienes estaban junto a él.

Siempre tenía reservada una cálida sonrisa para los que iban a verle, y su sola presencia irradiaba vitalidad. La suya. Por eso un buen día Dios decidió que alguien tan especial debía estar con El, y allá que se fue.

Justamente por eso sería una ignominia, para él y quienes están en su situación, hablar con ligereza de un asunto que bien podría conducir a la idea -que, por otro lado, nos acercaría peligrosamente a Nietzsche y su “súper-hombre”, tergiversada por Hitler para exterminar a quienes no eran puros y atléticos- de que vale rendirse. No. Quien quiera, que lo haga, y quien no, que pueda seguir adelante. Y en ninguno de los dos casos puede ser admisible un juicio de valor.

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