Cruda realidad / Por qué nuestra cultura odia a los niños

Cruda realidad / Por qué nuestra cultura odia a los niños
12 enero, 2018 mvidal

No hay asunto que me dé más pereza que el aborto. Intento siempre, con mala conciencia, zafarme y pasar casi sin leer las deprimentes noticias de aquí y allá.

Me amordazan muchos respetos humanos, la idea de ser la pesada con la misma cantinela de siempre, el miedo a encajonarme y desatender temas que se sigan con más interés, el temor a solazarme en asunto tan triste y poco apetecible de leer y la repulsión que siempre he sentido hacia las jeremiadas constante y a la queja continua.

Pero también, muy especialmente, la sensación de repetirme, de volver a argumentos y datos manidos hasta el hartazgo, de cansar, de aburrir.

Hasta el Santo Padre nos advirtió contra la ‘obsesión’ de convertir este asunto en el monotema de los autores católicos.

Pero hoy dos asuntos me obligan.

El primero es ese macabro ‘contador de la muerte’ que me encuentro aquí mismo, en la portada de Actuall, y ese millón largo de niños muertos en el vientre de sus madres de manera violenta en solo los diez primeros días de este año.

La otra llamada ha sido un cruce de declaraciones de políticos españoles sobre el (más que oscuro) futuro de nuestras pensiones, que ha motivo que algunos, como el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, proponga medidas para fomentar la natalidad y hacer que vuelva a niveles sostenibles, como se dice ahora.

La natalidad española no va a regresar a la tasa de sustitución de 2’1 hijos por mujer, porque hay una cultura de la muerte, de egoísmo subvencionado y jaleado


Voy a hacerles a todos, electores y políticos, un favor arruinándoles la espera: no va a suceder. La natalidad española -la occidental, en realidad, pronto la mundial- no va a regresar a la tasa de sustitución -la que permite que la población, al menos, se mantenga, sin crecer ni disminuir- de 2,1 hijos por mujer, por mucho que se estrujen el cerebro nuestros ínclitos gobernantes con incentivos fiscales o ayudas directas o indirectas.

No diré que el económico no sea un problema para tener hijos: lo es, y no pequeño. Pero dista leguas del ser el principal.

De hecho, no se me ocurre cantidad que pueda de forma realista apartar un Gobierno para destinarle ayudas que compense mínimamente el chorreo de dinero que supone un hijo.

Si es por dinero, olvídense: siempre será más caro tenerlos que no tenerlos. Quien lo probó, lo sabe. No hay forma de compensar su coste sin arruinar el erario público.

Pero no es por dinero. Hay una mentalidad natalista, una mentalidad abierta a la vida, y no solo en esto, y una cultura de muerte, de individualismo feroz, de materialismo desatado, de egoísmo subvencionado y jaleado desde todos los ángulos de la cultura. Y esa es la nuestra.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera.



Y si de algo podemos estar plenamente seguros es de que ni el señor Rivera, ni el señor Rajoy, ni Sánchez ni Iglesias están por la labor de cambiar esa cultura, muy al contrario.

Llámenme exagerada, pero lo diré: nuestra cultura aborrece la infancia. Lo cual no es raro en absoluto cuando ya se ha hecho a que las madres encarguen a profesionales de la salud -en una macabra ironía- la eliminación de sus hijos no nacidos por millones al cabo de los años.

Eso, naturalmente, convierte al niño en un artículo de consumo. Como cualquier otro artículo de consumo, se elige, se escoge. Uno diría que practicar el sexo, siendo ese el mecanismo por el que todos venimos a este mundo, es un modo de elegir, pero olvidan ustedes que hoy libertad significa no tener que arrostrar las consecuencias naturales de nuestras decisiones, lo que nos convierte a todos, paradójicamente, en menores de edad.

El niño es un superviviente al que su madre permitió graciosamente nacer, por eso  puede decidir que el nacido niño es en realidad una niña


El niño es un artículo de consumo, un superviviente al que su madre permitió graciosamente nacer. Por eso puede decidir, cuando apenas ha empezado a andar, que el nacido niño es en realidad una niña, y empezar a someterle a un rosario de tratamientos hormonales y bloqueantes del inicio de la pubertad que, si lo hubiera hecho el Dr. Mengele, serviría para agravar su lista de crímenes.

Por eso hay que sexualizarlos pronto, mejor cuanto más pequeños, con la excusa cada día menos creíble de la ‘educación sexual’, porque la inocencia es un rasgo propio de la infancia que nuestra era aborrece de modo especial.

Mientras, las posturas siguen como estaban al principio, cada cual más segura de lo suyo. Con la sentencia que convirtió en el hegemón cultural, Estados Unidos, el aborto en un derecho constitucional, los abortistas pensaron y escribieron que el debate estaba zanjado y que los escasos enemigos del aborto voluntario irían poco a poco desapareciendo y viendo la luz.

Pero los provida, sencillamente, no podemos aceptar lo que vemos como la eliminación de una vida humana, sin que nadie pueda rebatirnos que es vida o que es humana.

Por su parte, los abortistas han convertido la licencia para disponer de la vida del no nacido en la prueba de fuego del ‘progresismo’, un remedo de sacramento secular, el valladar de una mentalidad que podría venirse abajo si alguna vez se pone en duda ese ‘derecho’.

No tengo la menor idea de cómo se resolverá este ‘impasse’. Solo sé que la tensión no puede durar indefinidamente, como no puede durar una cultura construida sobre una montaña de diminutos cadáveres invisibles.

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Source: Actuall / Vida